Escrito por:mamu
«A cada hombre que pueda atraer a la categoría de individuo me empeño en hacerlo cristiano»
(Søren Kierkegaard)
Siento llegada la hora de explicar el subtítulo o lema de El Blog de Cordura. No es una mera frasecita poética. Expresa la voluntad de difundir un mensaje certero en tiempos crepusculares. Encierra, aun desde la modestia, toda una declaración de intenciones.
He dicho “tiempos crepusculares” y se comprenderá que no hablo de puestas de sol. Es el ocaso de la humanidad lo que me preocupa, de la humanidad tal como la conocemos: caída, corrupta y culpable hasta la náusea.
El diagnóstico ya no es patrimonio de “agoreros” religiosos. Ciertamente prolifera, más que nunca, el milenarismo (pseudo)apocalíptico. Pero si pones en un buscador de Internet “el futuro del planeta” comprobarás que no son de ese tenor los primeros documentos en los que aparece esa frase, y no sin tintes dramáticos.
El cambio climático está ahí, por más que algunos lo cuestionen desde innobles intereses, y otros lo hagan con buena fe... “conspiranoica” (dicho sin el menor ánimo de ofender). Es contemplado, por los más, como una amenaza para la Tierra (aunque sólo los menos actúen en consecuencia). El “apocalipsis”, siquiera el laico, ya no es un delirio de mentes insanas.
Hace más de quince años que Francis Fukuyama popularizó su “fin de la historia”. No sin clamorosos fallos predictivos, pero con una intuición que el tiempo ha convertido en percepción cada vez más generalizada de que algo demasiado importante se está acabando.
Mucho antes que él, en 1923, alguien seguramente más dotado para el pensamiento y de cultura enciclopédica concluyó su magna obra La decadencia de Occidente. Oswald Spengler pronosticaba en ella que el materialismo arruinaría la “fáustica” civilización que ha marcado, sobre todo en los últimos siglos, el rumbo del planeta.
[Todavía antes, Friedrich Nietzsche, influencia tanto de Fukuyama como de Spengler, anunciaba al “último hombre”, la muerte de Dios, la consumación nihilista y, no exactamente en la misma línea, el advenimiento de la barbarie. Aun declinando ya su notoriedad, vale la pena recordar a este visionario, verdadero padre de la Posmodernidad, que tal estela dejó en el siglo XX.]
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Hechos como el extraño 11-S han venido a corroborar el cambio de época, o más bien la definitiva derrota del proyecto ilustrado (¿quién se cree ya el triunfo de la Razón que esperaban los enciclopedistas, sus fábulas sobre el progreso moral, el sueño kantiano de la “paz perpetua”?). Pero todavía muy pocos han comprendido que hitos como ése señalan el fin de la época posmoderna.
Algunos llevamos no pocos años ya pregonando la llegada de la Era (Época) Neorreligiosa (véase su definición). La cronología básica de su emergencia empieza con el colapso del comunismo, la última gran ideología laica de masas. En ese momento se constató en la práctica la muerte de los “grandes relatos” que llevaba décadas augurándose (uno de los temas predilectos de los pensadores posmodernistas). Desde entonces se hizo comprensible que el ser humano, el occidental, volvería su mirada a la religiosidad, pues que una fuente quede cegada no implica que la sed se haya extinguido. Retornarían los absolutos sagrados, cosa que el posmodernismo filosófico no anduvo siempre muy fino a la hora de predecir (con excepciones como la de Derrida). Se iba a cumplir así la genial corazonada de André Malraux, quien anticipara: «El siglo XXI será espiritual o no será.» Asunto aparte es el tipo de espiritualidad que dominará entre nosotros.
Para entonces, la sed ya había buscado nuevas aguas en manantiales neopaganos, pero con la caída del Muro y el fin de los esquemas bipolares cobrarían pujanza en Occidente soluciones más fuertes: el fundamentalismo protestante (en sus variantes y/o etiquetas como Born again Christians, Evangelicals, neopentecostales...), y el neointegrismo romanista de Wojtyla y Ratzinger. Junto a ellos, claro, y desde Oriente, los islamismos chiíta y sunnita, pero también la eclosión de un curioso “hinduismo fundamentalista” (fuertemente nacionalista).
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Con su “choque de civilizaciones”, Samuel Huntington (ya en su artículo de 1993) regalaba un valioso instrumental “neoideológico” (pese, o gracias, a su simplismo teórico) a la actual camarilla genocida que hunde al mundo en la Barbarie. Estamos ante la típica profecía autocumplida. Aun así, el presente choque con el islam, artificialmente gestado, es contemplado de modo insensato por muchos como una nueva ocasión para reivindicar a Occidente (ver este siniestro ejemplo), o incluso como el cumplimiento de viejas profecías bíblicas.
Paralelamente, repuesto de heridas previas gracias al emblemático Concilio Vaticano II, otro macropoder recuperaba el primer plano bajo una notable apariencia de piedad (ver 2 Timoteo 3: 5). Con la singular astucia de siempre, renovaba su voluntad de dominio por medio de programas neoconfesionalistas adaptados a los nuevos tiempos. En ellos las parroquias tienen su sede no tanto en los templos como en los medios de comunicación, siendo “seglares” o incluso ateos sus más elocuentes predicadores.
Pese a las consecuencias previsibles de esta evolución histórica (globalización planetaria unipolar aunque bicéfala, totalitarismo emergente, recurso al cristianismo como “neoideología” del Poder), la mayoría de los occidentales no ven más allá de sus narices consumistas o de espectáculos teatrales como el debate electoral de ayer en España. Lejos de estar alerta, se hallan cada vez más aletargados. Ignorantes de que en la coyuntura presente la Barbarie, en realidad, ya está instalada entre nosotros.
Es cierto que, parafraseando a Cioran, «se libran del tormento de la presciencia». De lo contrario sabrían que hoy, hasta un acto tan sencillo como contemplar una flor recién brotada en primavera ya no nos es lícito hacerlo con el placer de siempre: incluso ella habrá perdido su inocencia.